Campco más que un campamento urbano

Campco más que un campamento urbano

En Bogotá, el colegio público promedio tiene clases de más de 30 estudiantes y trabaja en doble jornada (un grupo de estudiantes atienden en la mañana y otro en la tarde) para maximizar el número de niños enseñados en el mismo espacio y por los mismos profesores.

Campco es un campamento para niños de colegios públicos pasando de grado quinto a grado sexto. Su propósito fundamental es darle la oportunidad a los estudiantes de colegio público de continuar con su curva de aprendizaje en vacaciones, como lo hacen los estudiantes de colegio privado, para amortiguar la brecha de desigualdad entre ambos. Está enfocado en darles habilidades sociales y emocionales que puedan luego implementar en sus propios entornos.

He tenido la surte de ver este proceso, si no muy de cerca, si lo suficiente para generar una opinión fuerte frente a en que yace el valor de esta iniciativa (que es enorme). Fui mentora en el segundo año de Campo, 2015, cuando sólo había un campamento y este año estuve de visitante en los tres campamentos que se hicieron.

Lo primero por remarcar es que es un proyecto consciente. Está estructurado de tal forma que todos los agentes involucrados se benefician. Los colegios privados prestan sus instalaciones (que no son completamente usadas en vacaciones) para llevar a cabo los campamentos. Hay un promedio de cuatro niños por mentor, proporción que permite darle seguimiento personal a cada estudiante y suministrarles un apoyo mucho más presente que el que viven en sus colegios. Los mentores son niños de 13 a 19 años de colegios públicos y privado de Bogotá y otros lugares de Colombia para quienes esto, en vez de servicio social, es una experiencia de liderazgo. Luego, hay unos seis profesores mayores y con más experiencia que tienen todo el trasfondo pedagógico. La cantidad de planeación y pensamiento crítico frente a cada paso de la preparación del proyecto se ve en el resultado.

Campco es un mundo mágico para los niños. Cuando yo participé como mentora también lo encontré alucinante. La magia para mi no estaba en la compleja historia de tribus y animales perdidos detrás del campamento, sino en crear dinámicas sociales que rompen con los esquemas colombianos.

En Colombia por lo general el más chévere es el más necio o el más vago, en lo posible el mismo individuo se lleva ambos premios. Dinámica igual de destructiva y de arraizada a nuestra sociedad. En Campco no. El comportamiento de los profesores y mentores establece un ambiente en el que se reconoce a los niños por lo que hacen bien, no por lo que hacen mal. Así, hasta el más necio siente la presión por participar, y poco a poco cambia para ser reconocido por lo que hace bien.

Me pareció mágico también por ser un espacio donde los niños son niños. Hoy en día, la mayoría en vacaciones se la pasa viendo videos en el computador, cuidando a un hermano menor o ayudando en las labores domésticas. Eso está bien, pero hay algo refrescante en verlos jugar, aprender a través del juego. En verlos aprovechar al máximo esa etapa de dicha despreocupada donde todo es pretexto para la diversión.

Ser mentora me dio una visión esperanzadora donde en dos semanas es posible generar transformaciones invaluables. Aún me acuerdo muy bien de Sergio, un niño moreno menuda y callado. La primera palabra que le oímos llegó el tercer día del campamento, cuando ya los impacientes creíamos que no sucedería nunca. A la segunda semana hablé con su abuela, que lo venía a recoger todas las tardes. “A él que antes nadie le sacaba una palabra, y ahora como le parece que habla en las comidas.” Me dijo y se rió. Me acuerdo también de Javier, con una sonrisa de picardía al principio acompañada siempre de un “Eso me da jartera” y al final de un “Profe, pero escógeme que tengo la mano levantada.” Me acuerdo de Silvia, de quienes varios niños se enamoraron por lo dulce y de Roderick que el último día me regaló uno de sus juguetes en forma de agradecimiento, de la complicidad entre Ángelica y Katerine y la sorprendente inteligencia de Tamayo. Me acuerdo, no de todos, pero si de muchos. Me acuerdo de cómo llegaron y como se fueron, un poco distintos. Con cambios pequeños pero profundos, incidentes.

Sin embargo, lo que realmente marcó un antes y un después para mi fue el aprender a relacionarme con todos. En Colombia, especialmente durante el colegio, muchas veces no hay lugar para la mezcla, para que nos conozcamos y ahí nos demos cuenta de nuestras similitudes, de lo fácil que es relacionarse estando relajado. Campco da ese espacio. En medio del trabajo y el juego se hace fácil darse cuenta de lo fácil que es ser amigos.

Una imagen de este campamento que creo resume bien esta idea es la siguiente dos mentoras sentadas al lado, conversando. Anyelis de tierra bomba y Ana de Bogotá. Me les acerqué por que en esa relación vi la esencia que yo encontré en Campco. Le empecé a preguntar a Anyelis que qué tal le parecía Bogotá, pero a mi no me hablaba mucho. Entonces Ana le insisti arece chevere “Qua la mezcla, p Entonces su amiga, la otra niña de Bogotaaba y una de bogoto ces no hay lugar para la mezcla, pó:

-Pero cuéntale! Qué te gusta de acá?

-Me gustas que estas tú! (refiriéndose a Ana)

 

Alicia Botero,

Colegio Anglo Colombiano

18 años